Cuando se desayuna un pedazo de zanahoria, embarrándola con mermelada de mora, porque en el fiel refrigerador no hay más que hielo y un mal olor atrincherado; y si la zanahoria, con un pedacito de raíz seca, está cruda, el dulce más glacial que un ánimo de piedra, toda esta breve descripción no tiene razón especial para coincidir en un día sábado, y además tibio, pero así es. Además, hay que salir temprano a trabajar hoy.Hasta en estos días invivibles Margarito se las ingenia para transformar una de sus famosas comezones en algo que linda lo sublime, espiritual, partiendo del excelso nivel semi-sarnoso de su entrepierna. Suspira tan profundo que su voz lo delata, sin importarle si el causante fue el éxtasis de sus genitales rascados o la monotonía a tropel que le espera allá afuera.
Sigue remoliendo, su mejilla se hincha como globito fugaz para luego limpiar con la lengua sus dedos de la mermelada que ya ha caído al piso; con cada ojo transformado en fina flecha que se deja penetrar por la luz interna, opaca, de la hielera; lagrimales con stock de legaña y ni a quién vendérselas, cuando van a dar las seis de la mañana.
Será un día caluroso. Siente incomodidad en la parte trasera de su calzón, roído en las nalgas; y no deja de remoler, al sentir esa profunda humedad de rascarse, hasta la comezón en conspiro de alivio, entre lo empalagoso de su espalda y las axilas.
Siempre se queda mudo de contarle a alguien respecto a ese rozarse al frote restregado matutino, experiencia de fervor que lo obliga a veces a cerrar los ojos, modificando el ángulo de la cabeza casi ingrávida; pero en el fondo es un tema que nadie entendería, más allá de la burla ante semejante absurdo. Es bien sabido que esto de la rasquiña encierra algo malo, un desperfecto parcial y momentáneo de la epidermis, cuya cura es optativa. –Margarito entiende que la verdadera locura tiene que ver con cualquier enajenación cuerda. A la vez, esta mezcla produce una especie común de cordura social aceptada: la esquizofrenia en cualquiera de sus niveles. Pero hay otra clase de estado mental que más bien se relaciona con la desintoxicación de emociones pasajeras, y que algunos confunden con la intolerancia.
De regreso al cuarto silente, como la canción que se insinúa en su destartalado reproductor de cintas, para no despertar a su mujer y a la hija, no puede coordinar el momento en que encendió el cigarrillo que ha terminado de consumirse en el cenicero de greda, de Pomaire, repleto hasta el borde de colillas que contienen su huella digital impresa, en cada hundimiento, hasta el fondo, como abismal cardumen de conejos sin escamas; quedando la ceniza completa del último cigarrillo adherida al filtro intacto, como virgen momia de tabaco, en un gris blanquecino que provoca en el culpable una ligera mueca de lo que pudo haber sido sonrisa. Desvía su mirar enrojecido a la cama revuelta, solitaria; el punto observable se amplía un grado más, aparece ahora la ventana que no ha vuelto a cerrar desde que comenzara el verano –los zancudos no se dejaron engatusar este año, respecto a su destino de asueto.
Margarito no puede tirar a su suerte un cigarrillo, siempre lo apaga hasta agotarlo, aunque a veces le llegue a la garganta el buqué del filtro. Se le hace un desperdicio, pero no económico o cosas por el estilo, ni siquiera una especie de falta de respeto hacia el fino rubio; más bien se trata de una anti-esquizofrénica lealtad silenciosa dirigida a algo, podría ser a sí mismo, partiendo de la intolerancia del subconsciente; pero tampoco acata regla alguna relacionada; y aunque parezca contradictorio, siempre obedece, firme a una convicción insobornable. Está convencido de que, antes que cáncer, el cigarro produce mucho placer, un placer de la misma familia que su roce genital, en el árbol genealógico de la espontaneidad.





