viernes, 23 de enero de 2009

Preámbulo




Cuando se desayuna un pedazo de zanahoria, embarrándola con mermelada de mora, porque en el fiel refrigerador no hay más que hielo y un mal olor atrincherado; y si la zanahoria, con un pedacito de raíz seca, está cruda, el dulce más glacial que un ánimo de piedra, toda esta breve descripción no tiene razón especial para coincidir en un día sábado, y además tibio, pero así es. Además, hay que salir temprano a trabajar hoy.
Hasta en estos días invivibles Margarito se las ingenia para transformar una de sus famosas comezones en algo que linda lo sublime, espiritual, partiendo del excelso nivel semi-sarnoso de su entrepierna. Suspira tan profundo que su voz lo delata, sin importarle si el causante fue el éxtasis de sus genitales rascados o la monotonía a tropel que le espera allá afuera.
Sigue remoliendo, su mejilla se hincha como globito fugaz para luego limpiar con la lengua los dedos de la mermelada que ha caído al piso; con cada ojo transformado en fina flecha que se deja penetrar por la luz interna, opaca, de la hielera; lagrimales con stock de legaña y ni a quién vendérselas, cuando van a dar las seis de la mañana.
Será un día caluroso. Siente incomodidad en la parte trasera de su calzón, roído en las nalgas; y no deja de remoler, al sentir esa profunda humedad de rascarse la comezón en conspiro de alivio, entre lo empalagoso de su espalda y las axilas.
Siempre se queda mudo de contarle a alguien respecto a ese rozarse al frote restregado matutino, experiencia de fervor que lo obliga a veces a cerrar los ojos, modificando el ángulo de la cabeza casi ingrávida; pero en el fondo es un tema que nadie entendería, más allá de la burla ante semejante absurdo. Es bien sabido que esto de la rasquiña encierra algo malo, un desperfecto parcial y momentáneo de la epidermis, cuya cura es optativa. Margarito entiende que la verdadera locura tiene que ver con cualquier enajenación cuerda. A la vez, esta mezcla produce una especie común de cordura social aceptada: la esquizofrenia en cualquiera de sus niveles. Pero hay otra clase de estado mental que más bien se relaciona con la desintoxicación de emociones pasajeras, y que algunos confunden con la intolerancia.

De regreso al cuarto silente, como la canción que se insinúa en su destartalado reproductor de cintas, para no despertar a su mujer y a la hija, no puede coordinar el momento en que encendió el cigarrillo que ha terminado de consumirse en el cenicero de greda, de Pomaire, repleto hasta el borde de colillas que contienen su huella digital impresa, en cada hundimiento, hasta el fondo, como abismal cardumen de conejos sin escamas; quedando la ceniza completa del último cigarrillo adherida al filtro intacto, como virgen momia de tabaco, en un gris blanquecino que provoca en el culpable una ligera mueca de lo que pudo haber sido sonrisa. Desvía su mirar enrojecido a la cama revuelta, solitaria; el punto observable se amplía un grado más, aparece ahora la ventana que no ha vuelto a cerrar desde que comenzara el verano los zancudos no se dejaron engatusar este año, respecto a su destino de asueto.
Margarito no puede botar a su suerte un cigarrillo, siempre lo apaga hasta agotarlo, aunque a veces le llegue a la garganta el buqué del filtro. Se le hace un desperdicio, pero no económico o cosas por el estilo, ni siquiera una especie de falta de respeto hacia el fino rubio; más bien se trata de una anti-esquizofrénica lealtad silenciosa dirigida a algo, podría ser a sí mismo, partiendo de la intolerancia del subconsciente; pero tampoco acata regla alguna relacionada; y aunque parezca contradictorio, siempre obedece, firme a una convicción insobornable. Está convencido de que, antes que cáncer, el cigarro produce mucho placer, un placer de la misma familia que su roce genital, en el árbol genealógico de la espontaneidad.

Insinuación




La radio, que es lo primero que necesita al despertar, durante el resto del día intenta convencerlo de que, del tabaco al cáncer, no existe punto intermedio, cuando cada aromática bocanada crea una realidad inversa en él, relajándose al sentir ese raspar de la garganta, lo mismo en el baño que en su taxi, de modelo no muy reciente pero de máquina leal a un buen trato. Santiago de Chile es una ciudad también devota, sincera a quien busque cualquier cosa en ella, pasajeros suficientes para pagar de vez en cuando la alineación y balanceo del auto o algo decente a la hora del almuerzo, que ya pasan de las cuatro de la tarde y aquel trozo de zanahoria ha de ser parte de algún procedimiento desechable eso de cagar también resulta sublime para el noble Margarito.
Afuera hay al menos treinta y cuatro grados; dentro del automóvil la sensación es de un bochorno amable, gracias al viento ligero que comienza a soplar desde el océano.
El espejo retrovisor del lado derecho mantiene un ángulo cerrado, como el visillo de una puerta, desde hace dos semanas y tres décimas, dirían los puristas-; el taxista se ha acostumbrado a eso de inclinarse hacia adelante cuando tiene que rebasar o dar la vuelta. Además dicho espejo está quebrado: en ocasiones parecen seis los autos que van detrás de él, cuando en realidad son uno o dos, a veces ninguno, en un solo carril sinuoso por ilusión óptica.
De la ventanilla cuelga su brazo hacia fuera, cigarrillo en mano; a ratos la mano se balancea, como lo hacen los camioneros, confundiendo a uno que otro incauto que va detrás. Del retrovisor interno pende una cosa que alguna vez fungió en el mundo como pequeña brújula, diminuta pero insustituible, recuerdo de su padre, y todavía da vueltas sin sentido la flechita, sobre todo cuando pasa el auto por un bache; pero ahora el semáforo está en rojo; la radio en la estación consentida:

Los cuatro puntos cardinales son tres:
el sur y el norte

… dice desde el parlante una voz que duele. Es Radio Universidad de Chile, la que acostumbra sintonizar el hombre ensimismado, de no mucha charla cotidiana con la gente que suele transportar en la ciudad.
Esa especie de lloriqueo seco, casi lamento que acaba de escuchar, se le hace como de su propia parentela, o si no, seguro que el vecino, la voz de cierto alguien en el árbol institucional que sigue recitando singulares versos, extrayendo uno que otro desde una chistera de sorpresa. Al mismo tiempo pareciera, el susodicho, sufrir cada línea leída, hasta que se van convirtiendo en párrafos que intenta asimilar, calmo, Margarito.

¡Mis ojos de plaza pública!

La Brújula se Mueve




Una mancha en el parabrisas, pequeña, del tamaño de un instante, en forma de emoción cansada, de un deseo que, bien sabe, nunca se hará realidad; a la medida exacta de cualquier rutina fugaz; matizada al vapor que suele liberar el acero después de las dos de la mañana; colindando entre el este y el abismo de una puesta de sol en día festivo.
Si probara la mancha, del otro lado del cristal, sabría a qué sabe el polvo cuando se posa en un segundo, y en otro. De olerlo, logrará la transportación de sí mismo; mancha áspera como piel de esquimal. Su voz oculta le permite verla y ver a través de ella lo que sucede realmente allá afuera, un poco al norte, sin hacer caso de la flecha roja de la brújula. Hacer de cuenta que no existen los parabrisas; mucho menos se le ha cruzado por la vida ninguna marca, huella o lunar que por un momento lo emocionara en reversa, hacia ese deseo frustrado; rutina en densidad de metal cuando el sol juega a crear cierto arco iris sólido.
En un arrebato, Margarito intenta extirpar aquella mácula con la uña, pero permanece tan lejana a su presente que la yema amarillenta de su dedo índice se desliza exquisita hasta los lindes de este real sur, proclamado hoy como único punto cardinal, al lado de su sombra.
Un viejo harapiento, vagabundo hasta el borde de su propio sentir, en la vereda de enfrente. Le importa muy poco que la gente se siga trompicando con él, a su paso. Se ha atrevido a agacharse en tremenda horcajada de casi trescientos sesenta grados, un suburbio menos para no quebrarse, hasta llamar la atención de un perro callejero más que Margarito observa, curioso por el desenlace que la escena pueda tener-, echado a la sombra de la alta muralla. El viejo, visiblemente emocionado por su propia decisión, de largas mangas deshilachadas en una tela al punto del pleistoceno, y lo que parece su corta visión, saluda al perro, no más sarnoso que lanudo, al agitar sin gravedad su sonrisa-mano huesuda, en un moreno profundo de vaivén quijotesco, de oriente a poniente casi perfecto, ángulo imaginario que el chofer del taxi calcula entre su risita espontánea y cualquier opción de los polos.
Como imaginaba Pablo de Rokha: “A los que nadie quiere porque nadie teme”.
Pero el viejo, de los perros de nadie, sí se estima; por algo le sobran manos y hasta el gusto al descubrir ese buen humor en un rabo elocuente. Margarito se aterra, se sobrecoge, se espanta de sí. O quizás tiene el valor de asustarse.
El semáforo cambia a verde. Radio Universidad de Chile sigue contándole cosas extrañas a la urbe.

Escupe hacia el infinito, por cuarta o quinta ocasión, y es que el desayuno, por desgracia de esta exquisita mañana, estuvo aliñado con un sabor a mosca que, sin sospechar lo que le venía, remolió en un instante, o más bien destrozó, entre el pedazo de hielo mermeloso y aquello que de pronto explotara en su oído, pero sobre todo en el linde de su lengua. Es la hora en que no puede evitar el asco, arrancarse ese sabor tan ácido, como chispita insondable de sal de frutas, penetrante, avinagrado al punto que se dio cuenta que se trataba de una mosca cuando reconoció un ala destrozada, en el bocado devuelto en el lavaplatos que, como siempre, su esposa se esfuerza en atiborrar hasta que la hija se hartará del espectáculo patrocinado por las hormigas, colocando una trampa cruel en el patio: una lata con el jugo de duraznos en conserva, que provocará acto de lesa insecticidad.
Circula al azar por Vicuña Mackenna, asimila su suerte al comprender que el sentido del gusto, a veces, se convierte en una especie de tacto con hormonas.
El tipo ha perdido la cuenta de los peatones que le han querido parar durante el día, los ignora uno tras otro, hasta aquella señora atiborrada de niños o el que parecía ciego, aunque este último quizás quería pasar la calle, reivindicarse con su desconocida realidad, o tal vez estaba haciendo detener al metro.
Hoy Margarito no necesita de nadie, tampoco está dispuesto a hacer un solo viaje por encargo. Deambula, pasea, debe al menos intentarlo, pasarla bien dentro de su bullir interno, espumar ferviente. Es más, hoy no debe hablar de nada, en ningún sentido; mucho menos con seres que saben que no habrá manera de ser recordados después de su muerte; pero hay que reconocer que los susodichos realizan una labor heroica en vida, cuando intentan llamar la atención de todos, día tras noche, madrugada sin descanso, hasta morir irremediables cuando nadie volteó la cabeza, bien guardados en su caja, y ésta mejor apilada todavía, donde se guarecen los seres vírgenes de todo, excepto de preservar la especie.

Y el vacío está hinchado
por una mirada posible

… gime la radio en la misma voz quejumbrosa que Margarito está a punto de adivinar…

Las catedrales de mis ternuras
cantan de noche bajo el agua
y esos cantos forman las islas del mar

¿De quién es esa Voz?

Un transeúnte más solicitando el servicio. Ni siquiera lo ve. Avanza en el eventual caos de automóviles, como hipnotizado, abstracto de la mancha en el parabrisas y del sabor a insecto que su cerebro sigue fabricando como una especie de sicosomatismo en tres dimensiones. –No es lo mismo finalizar un cuento, echando mano del suspenso, que terminarlo sugestivo. En el primer caso, en verdad termina, aun cuando pareciera continuar; en el segundo, es cuando realmente suele dar inicio, a la vez que simula que acaba. Aquí dentro estamos sin excepción sugestionados, y el chofer que nos lleva a todos de paseo, dentro de la cajuela, no tiene intención alguna de que este relato se esfume. En la radio, durante el lapso de prolongados comerciales, la cercana pascua ha provocado en alguien ese indulgente-provechoso deseo de paz en el mundo; otro insensato que no se da cuenta de que cuando no haya razón alguna para rebelarse, de lo que sea, pero rebelarse con fundamento; y si esa tarde el mundo nos gustara, significaría que ha mutado, quizás, en justicia, o lo que es lo mismo, obsoleto. Desgraciadamente, para que la calidad venza a la publicidad y su parafernalia, hace falta publicitarla. Se esfuerza por guardar en su mente algún rostro que va escogiendo al azar, entre las personas que pasan frente a él, en el semáforo de Vicuña y Vespucio: un par de ancianos, luego es una dueña de casa, un free lance –a estos últimos los reconoce de inmediato- y hasta un perro de buen ánimo, a la zaga del estira y afloja desde la costa hasta la cordillera. Una chica al fin es la elegida del momento, atractiva, pero no por sus formas, tampoco es el rostro. La mirada, sólo su mirada que captura Margarito en un close up de retina: aire femenino aunque un tanto frígida, sin sincronizarse con el todo ni enfocando al menos el semáforo para peatones, parece ir soñando despierta en los asuntos que desea hacer, después de montarse en la siguiente vereda. Un paso, un saltito y dejará de hacer lo que debe, al llegar a su destino inmediato. Margarito piensa, sin hacerlo en concreto, que lo hará con un toque único. El perro, detrás de ella, toma el rumbo contrario al de la chica; es viejo, se le nota en los surcos, la lanosidad del pelo; va luciendo con desparpajo una oreja más levantada que la otra; el mirar nómada, indigente; su trote experto, seguro de hacia dónde dirige cada paso lerdo, improvisación al husmeo en el asfalto. ¿Algún colega suyo lo recordará cuando el pobre reviente, al inmolar su propia tumba, cualquier día de estos? ¡Y zas!, una historia menos por contar sobre Vespucio; a pesar de la enorme bandera chilena que sigue ondeando. El resto sigue su senda, hasta que lleguen al Cementerio General; sólo entienden que, en el invierno, la contaminación podrá confundir al horizonte. La brújula parece estarse riendo de Margarito; quien sabe que la verdadera historia, la más transparente, es aquella que, cuando sucede el hecho que luego le dará paso, nadie imagina que a futuro será ficción. ¿Un brillo comienza cuando brota de sí, o cuando lo descubrimos?, ¿o cuando se descubre él mismo como algo que será, momentos antes de brotar, un segundo después de surgir? Una mosca brilla por su propio mérito cuando el sentido del gusto se convierte en tacto con hormonas. Hay trozos de imán aserrados por mi violín … le sigue hablando la radio, sacándolo de su abstracción… Una tarde cogí mi paracaídas y dije: entre una estrella y dos golondrinas ¡De quién es esa voz! Se le hace tan conocida; y la poesía, vaya que es impactante… Mis ojos han visto la raíz de los pájaros Al mandar de nuevo, el conductor del programa, a comerciales, haciendo otra pausa a la grabación que desde hace veinte minutos escucha Margarito, éste se obliga a prestar todo su interés a una publicidad en lo alto de un edificio: “Antes que cáncer, el cigarro produce placer”. Hay una más, a la izquierda, en la cima de otra edificación: “El abuso de este producto no es nocivo para la sensibilidad”, ambas las firma una tal Free Peace, cuya única intención sea, quizás, que la gente deje de sentir miedo hasta por respirar, con una letra pequeñita en la parte baja de los anuncios, como cláusulas de libertad en un contrato de palabra; el vocablo exacto que lo ayuda a rascarse detrás de la oreja, al mismo tiempo detiene el cigarrillo entre sus dedos; como lo hacía su padre cuando regresaba a casa, después del consabido hábito-usanza en altamar. Solamente retornaba para el almuerzo, porque “la cena sabe mejor entre las olas”, decía el viejo a manera de pretexto o verdad; que a veces una verdad también se usa como excusa confabulada, y ésta, al sistematizarse, surge de pronto a manera de costumbre, como la única verdad sincera de Margarito en este instante: terminarse de comer una empanada a la sombra de un álamo con voz propia, gracias a la tenue corriente que sigue soplando, mueve sutil las copas de los árboles en el parque; parece como si estuvieran contentos, serenidad a la vista al menearse apenas. Margarito suspira con cierto síndrome de palmera. También hay arbustos a su lado, de un verde vibrante, cada hoja en una denominación única que casi se sacude, y se están riendo, con una alegría luminosa. Los edificios alrededor están en letargo, amodorrados. El taxista, remuele que remuele su empanada, los imagina a manera de mausoleo, montón de monumentos anónimos sin dedicatoria. Uno de ellos, el más apócrifo, ubicado en primer plano, está contradictoriamente decorado con graffiti en la parte baja, rayones en frialdad de remembranza bronxiana bajo un proyecto de letra violentada, no por el estilo, sino en el mismo concepto inútil. Pasa un bus, amarillo, y un taxi de otra raza, pero con su uniforme mulato azufrado. Se escucha la sirena de una ambulancia; no la ubica al enderezarse, ahora en el volante para capturar su imagen en cuadruplicado. Quería verla, sigue volteando a lo largo de la calle mientras traga más de la empanada; el cigarrillo se consume en su otra mano, a la intemperie. Se nota que es sábado por la tarde, la gente se ha desuniformado, va distraída, dejó en casa su pizca de esquizofrenia, como llevada por un aroma que convierte el olfato en simple sugestión cautivante de vacío. Los automovilistas a la distancia, los que surcan la avenida, los interpreta más allá de lo que podría ser un suceso indefinido, lejano a él mismo, inexistente por momentos, a pesar de que el sol desnudo se deja sacar fotos en cada uno, en un instante casi invisible, pasan como parvada de atunes sin alas. Otra sirena, es una patrulla, su grito es viril, pero tampoco la ve, pareciera que las dos alarmas fueran visiones auditivas que modificaron el oído en un panfleto, cuya traducción se sigue llevando el soplo que atraviesa el auto. El césped, cuidado con esmero, del amplio jardín. Es el barrio Brasil, en un largo tramo recortado al verde relajante, provoca en Margarito un suspiro anímico, hasta la mitad de sus pulmones que descongestiona al toser y escupir de nuevo, sin muchas ganas. Cada tronco rugoso de los árboles lo interpreta como un cabello brotando en una cabeza joven, la cabeza de una niña tal vez, por sugerirle el cálido ambiente cierta femineidad. Todo el parque es algo así como un centímetro cuadrado en una cabeza infantil. Entonces el viento, que transforma las hojas de un álamo en centenares de espejos titilantes de inquietud, debe ser más bien la respiración de la madre sobre la cabeza de su hija; y aquel edificio horizontal acaba de metamorfosearse, de cripta ignorada en diadema veleidosa, seductora. Los espejos del álamo se han convertido en la ingenua brillantina de su pelo. Es una niña pobre, pobre y triste, tan triste que puede volver a provocar la melancolía de una ambulancia en cualquier momento, buscando a la patrulla que tampoco volverá. El murmullo del tráfico se cuela en los oídos de Margarito, con la voz doliente que ha vuelto al recital en la radio, hasta provocar una mezcla casi gustativa que llama su atención; el reflejo del sol sobre los automóviles que siguen pasando a lo lejos así lo atestiguan. Es una ciudad móvil. Los semáforos sincronizan su mandato, uno, otro, el de más allá, prepotentes. Es la hora en que las nenas que casi adolecen de todo se peinan en un espejismo con vocación de álamo abundante, a las cuatro treinta y nueve de la tarde, un centímetro cúbico arriba de la ilusión. ¿Cómo lograr que brote un árbol totalmente distinto, pero exactamente igual que el resto? Llévate la semilla al otro lado del Continente, y vela nacer. Silencio, la tierra va a dar a luz un árbol La muerte se ha dormido en el cuello de un cisne y cada pluma tiene un distinto temblor A Margarito le pesa aceptar que lo único por hacer ahora es dar vuelta a la llave, para proseguir su paseo en horas de trabajo. -¡Claro! ¡Es Neruda!

No Vires: es la Ley del Poeta




El arte evolucionó desde su origen hasta provocar una deliciosa revolución de las formas, tangibles e intangibles, de la naturaleza; entonces la emoción humana se acostumbró a hacerse profunda, al ser motivada. Todo esto como desenlace, quizás, de una especie de auto-limitación en las sensaciones de la persona común, que se impide a sí misma a dar con el secreto abstracto que contiene todo, desde una piedra hasta un reflejo, incluso sin la motivación de los sentidos; convirtiendo así, por ejemplo, el sentido del gusto, de tacto con hormonas, en roce premonitorio con asombro incluido.
Después, charlar con la nada. Nada más difícil que esto. ¿Ese viejo que saludaba perros; el placer antes que el cáncer; el abuso inmune a la sensibilidad, todo esto tendrá que ver, poco a poco, con lo que discurre Margarito? No es un experto o algo así, pero reconocería las palabras de Neruda entre cualquiera otras. Es Neruda quien habla, quien sigue declamando en la radio, gangoso, agudo, lento, con esa voz nasal a veces apagada, otras cavernosa; pero Neruda no se está leyendo a sí mismo, de eso ahora está seguro.
Se toma el resto de su bebida para cortarse el hipo que le provocó la empanada, en otro semáforo, ahora en el oriente de Santiago, como efecto-desenlace de la incógnita-descubrimiento Neruda -¿?

Paz en el mar a las olas de buena voluntad
y si yo soy el traductor de las olas
paz también en mí

Recuerda, simplemente recuerda, transparente -entretanto ve divertido el acto malabaresco de una payasa con tres bolos, en el paso de cebra-, que su papá le contó cierta vez de un tío abuelo suyo que murió luego de pasar tres días con un ataque de hipo, supuestamente murió de hipo; se le habrá hinchado de aire la médula o un nudo le apretó el esófago hasta reventar. Y eso no era todo, el viejo marino agregaba que su madre, hermana del tío abuelo, recibió la improvisada visita de una paloma negra, posándose en su mano al entrar por la ventana de la cocina, en el mismo momento en que el hermano exhalaba el postrer acceso mortal de su pecho.
La payasita, vestida de blanco en el amplio paso de cebra, con ese gorrito de arlequín que le da un toque de fantasía a su largo cabello negro, recogido, convierte el hipo de Margarito y el de su tío abuelo en una sola cosa que no llega a emoción profunda, pero sí desnuda su auto-limitación emocional ante otro enigma impreciso de su sentir, mutando el tacto en una especie de gusto por ver cómo ella levanta del asfalto, por segunda vez, uno de sus enormes bolos también blancos, ligeros, olvidándose de la gracia de su estampa y hasta de ese buen modo para torcer la cintura…

Puedes abrir con un suspiro la puerta
que haya cerrado el huracán

… le revela Neruda a Margarito, sentimiento premonitorio con asombro incluido, paradoja del recuerdo insólito de su tío abuelo, mezclándose lo justo para que la payasa se equilibre del otro lado de la balanza, en la mente del hombre, hasta que ella se apodera de su control emocional y lo hace añicos, al verla frente a él, molesta, por seguir errando en su acto fugaz: el enojo se le nota en el rostro, a la vez que su raro maquillaje chillón, estridente, que le da un no sé qué de pureza al cuerpo menudo, pintoresco, dentro de sus ropas flojas que hablan por sí mismas de hilaridad.
Otro bolo al abismo, de plástico tan bofo que la payasita tiene que correr de noroeste a sureste, hasta el otro cordón de la vereda, para recogerlo con vergüenza…

Nacida en todos los sitios donde pongo los ojos

Una mujer altiva se digna cruzar la calle, confundida entre el resto, pero también con un halo de singular burbuja, separada de la realidad por su andar insobornable. Margarito se olvida momentáneamente de la payasa para seguirla con la mirada. La ve voltear insolente, pues tal parece que le incomoda que un trote de hombre, a su espalda, aparente seguirla al azar, por simple consecuencia del semáforo y la misma hora en que despertaron ambos, el hombre y la arrogante, para desayunarse algo muy distinto a un tubérculo trozado y aderezo de moras.
La payasita está a punto de estallar, se le acaban de caer los tres bolos. La hembra elegante también, al sentirse acosada, cuando seguro se trata de uno de esos seres que saben que no habrá manera de que sean recordados después de su partida, tratando así de mutar en heroína al llamar la atención, al creerse ella misma su epopeya de semi-diosa. “Los que nadie ve porque nadie teme”, ese capítulo rimbombante que jamás se transformará en historia; ese brillo que culmina cuando brota de sí, sin que nadie lo descubra.
La payasa erra de nuevo, en el crucial exacto en que pasa frente a ella la engreída…

Mujer, el mundo está amueblado por tus ojos

A Margarito le da por la filosofía de un solo piso: en un caso como éste, el hombre bien podría acusar a la mujer de hostigamiento, sobre todo cuando aquél acostumbra caminar rápido, y se pasa el día rebasando mujeres despóticas que no dejan pasar ocasión para voltear, culminando la escena en su inconsciente. Imputarla ante la autoridad de perturbar la paz interna de cada calle, hasta que saque de quicio a alguno, aunque en el fondo él sepa que un cajón será lo último que la insida en el camposanto; en cambio a esta payasa la aguarda el manicomio…

Vestida del lujo de tus ojos y de su brillo interno
Tu línea recta a través de la almohada y el techo

… Avienta sus bolos hacia cualquier rincón habilitado entre el Trópico y Santiago, se marcha enojada de sí misma, sin imaginar que Margarito acaba de capturarla para siempre.
El episodio de la payasa ha sido un asunto pavoroso, estremecedor. Despacio se pierde en la calle, con furia, sin sus bolos; el gorro de arlequín ladeado hacia la derecha, dándole un aire de fábula a su frustración liberada.
El cine de verdadero terror comenzó a fraguarse cuando a un pirata se le ocurrió eso de la calavera y las tibias en su estandarte. Digamos que Bela Lugossi le supo poner personalidad al concepto. Luego, Hollywood nos hizo retornar emocionalmente a la época anterior a la de los vikingos; hasta el día de hoy, en que el mundo ha perdido a una payasita. Santiago no podrá amanecer mañana sin sentimiento de culpa; la esquina de Tobalaba y Apoquindo pagará con gramos de espíritu haberla dejado ir.

Me gusta viajar como el barco del ojo
que va y viene a cada parpadeo

Margarito la pierde de vista. Sólo así se puede recordar lo que nunca existió.
Si la sangre fuera verde, ¿las señales de alerta o de peligro serían rojas?, ¿el verde representaría el color de la certidumbre?

El mundo avanza de derecha a izquierda
y los hombres de izquierda a derecha
Es la ley del equilibrio